La Historia como instrumento ideológico del presente

No soy ningún experto en historia, sino un aficionado que lee libros de determinados temas históricos o revistas de divulgación con cierta entidad. Además, por mi profesión de lingüista, en numerosas ocasiones me veo obligado a profundizar en algún momento histórico que explique determinados hechos de lengua.

De mi persistente acercamiento a la historia, me doy cuenta de que lo que normalmente se cultiva es la historiografía: cómo los historiadores relatan los hechos y cómo interpretan a partir de ahí los procesos evolutivos y transformaciones de las sociedades humanas. Pero echo en falta publicaciones sobre teoría de la historia o filosofía de la historia: cuál es la actitud que nosotros, personas del presente que no somos historiadores, adoptamos ante los procesos históricos; para qué nos vale la historia; cómo construimos la historia a nuestra conveniencia. Este tipo de cuestiones solo las veo asomar en una de las revistas divulgativas: Descubrir la Historia, una modesta publicación (modesta en medios) que edita un equipo de entusiastas en Andalucía.

Quizá haya muchos libros y revistas donde este tipo de cuestiones se trata de manera rigurosa. Lo supongo, pero lo ignoro. En ese caso, si algún lector o lectora me puede recomendar algo útil, se lo agradeceré.

En la interpretación de la Historia asoman dos problemas que me llaman la atención:

1. ¿Cómo contemplar el pasado librándose del presente?

2. ¿Hasta dónde llega el «nosotros» en el pasado?

Fría objetividad o valoración presentista

El historiador académico contempla los hechos históricos con el necesario distanciamiento científico, que quiere decir que los aleja de todo tipo de valoración desde los parámetros de hoy. O eso supongo, ya que es muy difícil creer que los historiadores se libren de valoraciones emanadas del presente al que ellos mismos pertenecen. No obstante, voy a suponer que sí, que logran distanciarse de los hechos históricos.

Pero esto, que para el historiador profesional parece un principio básico, no tiene por qué serlo para el observador no académico, es decir, el ciudadano corriente, el político, el ideólogo, el enseñante, etc. Constantemente se valoran los hechos históricos desde la óptica y parámetros actuales. Se llama presentismo, si no estoy equivocado.

Las valoraciones presentistas pueden ser positivas o negativas. Y aquí viene algo interesante: realmente, si uno se pone a valorar los hechos históricos desde los parámetros del presente, el resultado tendría que ser abrumadoramente negativo. Pues es una evidencia que, a ojos de hoy, la Historia es un pozo de los horrores: los relatos históricos están repletos de genocidios, masacres, atrocidades, vilezas, traiciones, crueldades, desprecio por la vida, sadismo, sometimiento del débil, autoritarismo opresor, injusticias y arbitrariedades sin fin, ignorancia, etc. Cuando uno lee historia, no se puede sustraer a juzgar lo pasado según referencias de hoy, y entonces uno saca la conclusión de que la historia es ―en líneas generales― un verdadero asco, y de que tenemos mucha suerte de vivir hoy (y lo mismo dirán dentro de quinientos años respecto del mundo actual). Además de la persistente acción negativa del hombre, añádase a ello el atraso técnico y científico: altísima mortandad natural, ausencia de medicina, indefensión ante las catástrofes naturales, mala alimentación, etcétera. Todo ello completa un panorama muy sombrío. Si fueran posibles los viajes al pasado, yo no haría ninguno que no fuese con protección militar y un equipo médico.

En este sentido presentista, ¿hay algo de los relatos históricos que pueda ser valorado positivamente? Sí claro: aquellos hechos, personajes o circunstancias que, al entrar en contradicción directa con la lobreguez de su momento histórico, contribuyeron a superar poco a poco la barbarie para aportar progreso y luces a la historia humana.

Parece sencillo, pero finalmente, ¿qué es positivo y negativo? ¿Hay criterios objetivos para decidirlo? En algunos parece más fácil que en otros: por ejemplo, el que Alexander Fleming descubriera la penicilina puede ser tenido por un hecho positivo, pues salvó millones de vidas y fue un avance médico muy notorio. Pero seguramente en la mayoría de los casos no hay acuerdo en qué ha de ser juzgado como positivo o como negativo en los hechos históricos. Y la dificultad proviene de que el presentismo no se refiere a un presente unívoco, sino que cada cual tiene su propio presente según su sensibilidad o esquema ideológico. Cada uno juzga los hechos del pasado de acuerdo con su identificación grupal o nacional respecto de las entidades del presente. La conquista y colonización de América por parte de Castilla (luego de España) es algo valorado positivamente por la historiografía oficial española, pero no necesariamente es así desde la óptica de las naciones autóctonas americanas que quedaron arrasadas por la acción española.

Como vemos, la valoración positiva que lleva directamente a la exaltación nacional actual de hechos del pasado se sale del guion del historiador neutral y científico (universitario, digamos), pero es moneda corriente entre los historiadores dedicados a construir un discurso nacional oficial (Real Academia de la Historia, por ejemplo); es decir, los dedicados a asperjar la doctrina «correcta» que después inunda los libros de texto, la cultura general de las masas, los medios de comunicación, etc.

Identificación grupal/nacional con los hechos del pasado

Lo dicho está en relación con otro asunto: la identificación grupal/nacional del pasado con el grupo o nación moderna.

En principio, el pasado, por su propia naturaleza, es algo ajeno a nosotros, en tanto que observadores que vivimos en nuestro presente. Sin embargo, no es tan sencillo. Si yo y mis conciudanos nos consideramos pertenecientes a un colectivo nacional con un pasado (una historia), los hechos históricos, por lejos que estén, nos pertenecen, son hechos del «nosotros». Lógicamente, si aquello que sucedió hace quinientos años consideramos que es algo que protagonizamos «nosotros», por fuerza lo juzgaremos como algo positivo. Por tanto, tenderemos a ocultar lo negativo, y si no podemos, lo minimizaremos y exaltaremos lo positivo (o lo que consideramos que es positivo desde los intereses presentistas de nuestro grupo nacional). Todo esto puede llevar, obviamente, a manipulaciones, tergiversaciones y censura histórica, dirigidas a construir un discurso de orgullo colectivo para consumo presente. Y así, el genocidio armenio por parte del Estado turco es un tabú oficial en la historiografía oficial de ese Estado, desde Atatürk hasta Erdoğan.

Ejecuciones masivas de armenios en 1915. El Estado turco actual sigue negando el genocidio armenio de 1915-1923.

Una cuestión interesante es esta: ¿hasta cuándo llega atrás esa identificación grupal / nacional? ¿Dónde está la frontera cronológica en la que, yendo hacia atrás, se acaba el «nosotros» y empieza el «otros», con el que ya no tenemos implicación emocional y podemos hablar de hechos negativos que ya no los afectan por juzgarlos ajenos?

Este problema me recuerda hechos de la actualidad de hoy. Los dirigentes actuales del PP (Casado, Egea, etc.) presentan la «etapa Bárcenas» como un pasado ajeno a ellos, como un pasado «de otros». Sin embargo, esos mismos dirigentes insisten en que Otegi y Bildu sigue siendo parte del conglomerado de la Eta, vinculándolos a un pasado que los abertzales dicen haber superado. Y el razonamiento puede ser planteado a la inversa.

Los italianos actuales, ¿ven la República y el Imperio Romano como una «Italia de la Antigüedad», como una parte primeriza de la actual nación italiana? No lo sé. Desde luego, Mussolini sí fomentaba esa identificación. En todo caso, ¿qué dicen los historiadores profesionales italianos ante esto?

En efecto, ¿qué dicen los historiadores científicos de este tipo de identificaciones? Lo ignoro. Desde el punto de vista del ciudadano que se siente parte de una comunidad nacional, es legítimo que se identifique con un pasado que considera propio de su comunidad actual. Todas las comunidades tienen su pasado.

Lucio Anneo Séneca. En la escuela franquista nos enseñaban que era un filósofo español.

Claro es que esta identificación, dado que responde a intereses del presente, puede ser objeto de falsificación, y eso sucede con frecuencia. En la escuela franquista nos enseñaban que Séneca era un filósofo español. Se suelen presentar las primeras etapas de la colonización de América como una empresa de España, cuando la realidad es que lo fue solo de Castilla. Todavía hoy en día se suele decir que las Glosas Emilianenses son la primera muestra de la lengua castellana, cuando un elemental análisis lingüístico revela que se trata de lengua aragonesa.

Ante los hechos de 1714, cuando las tropas del primer Borbón, Felipe V, tomaron militarmente Barcelona y arrasaron con las instituciones propias de Cataluña y de todo Aragón, la historiografía oficial española denuncia una supuesta «interpretación sesgada nacionalista» por parte catalana. Sin embargo, esta denuncia se hace, sin duda, desde otra «interpretación sesgada nacionalista». Pretender que los hechos de 1714 tengan la misma lectura en Madrid que en Barcelona, es aspirar al pensamiento único en Historia. ¿Pretenderán también que los hechos de Madrid de 1808 gocen de la misma interpretación en España que en Francia? ¿Cuántos monumentos y avenidas tiene Napoleón en España?

Primer desembarco de Cristóbal Colón en América, óleo de Dióscoro Puebla (1862, Museo del Prado).

Publicado por Ramón d'Andrés

Ciudadano de Oviedo (Asturias). Profesor de Humanidades. Ciudadanu d'Uviéu (Asturies). Profesor d'Humanidaes.

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