¿Siempre la responsabilidad es de otros?

El virus se propaga porque se contagia de persona a persona. No existe otra vía de transmisión, que se sepa.

El contagio se produce porque las personas emiten gutículas o aerosoles con carga viral que son transmitidos a otras personas ya sea por cercanía excesiva o por permanencia en ambientes cerrados donde los aerosoles están suspendidos en el aire durante tiempo. También se propaga por contacto directo con superficies o con personas que portan el virus.

Es decir: el virus no se propaga porque tal o cual político sea mal gestor, o porque sea antipático, o por un exceso de información o por la difusión de normas reiterativas o confusas. No está comprobado experimentalmente que Isabel Ayuso o Salvador Illa sean agentes transmisores del virus a la población. Nada semejante se ha publicado en revistas científicas como The Lancet o Jano.

Todo esto es algo archisabido por la población en general: es la gente la que se contagia. Somos la gente la que nos contagiamos.

Para que se entienda mejor lo que quiero decir y nadie me tache de listillo, lo personalizaré en mí mismo. Aunque a diario tomo todas las precauciones ―y lo mismo hacen todos en mi entorno familiar―, nadie puede asegurarme que, por desgracia, no acabe contagiándome. Si eso ocurre será por un descuido, por una imprudencia o por una incidental mala suerte (la mala suerte existe). Pero no se me ocurrirá echarle la culpa a Barbón o a Simón, ni al sistema ni al capitalismo. Tengo claro que contagiarme o no contagiarme es algo que depende de mí, no de otros. Es mi responsabilidad y obro en consecuencia.

Es cierto: hay personas o colectivos que, por diversos motivos, se ven forzados a situaciones en las que es más difícil guardar las medidas de seguridad personal: determinados ámbitos familiares, determinados oficios (policías, sanitarios, atención al público), determinadas obligaciones que fuerzan a coger ciertos transportes públicos, etc. Esto es cierto, pero no seamos tramposos: son casos determinados, no se trata de la regla general. La mayoría de la población no está en esas circunstancias y puede modular razonablemente su control sobre el posible contagio. Si quiere.

Y bien, si todo esto es así como estoy contando, es evidente que la mayor parte de la propagación del virus se debe a la responsabilidad de las personas. Pero observo que plantearlo así, de este modo tan elemental, no resulta muy popular. A quien lo hace, le caen críticas por todos lados, porque el principio que se aplica es que la gente («el pueblo», diría otro) siempre es víctima de otros, pero jamás es responsable de lo que le sucede. Todos sabemos lo que pasa con las reuniones familiares, las aglomeraciones en zonas comerciales, las cenas de amigos, etc., pero eso al final es como si no existiera: el responsable es siempre la autoridad que permitió que hubiera reuniones familiares o que abrieran las tiendas. Y ¡por Tutatis y por Belenos!, no te atrevas a criticar los botellones o las fiestas juveniles, porque por definición no existen actitudes juveniles reprensibles. En estos casos se usan como armas inquisitoriales los verbos «demonizar» y el atorrante anglicismo/yanquismo «criminalizar». Decir que una parte de la juventud está haciendo el pijo en botellones y fiestas, es «criminalizar» a toda la juventud.

Como muestra de certos comportamientos colectivos, déjenme poner un ejemplo ilustrativo. Los alumnos de la Universidad de Oviedo reciben clases telemáticas, pero los exámenes de diciembre y enero han sido presenciales. Ha habido algunas quejas por eso. Esto es lo que observé: en las aulas donde se celebran los exámenes, las medidas de seguridad son totales: todos con mascarillas, gran separación entre estudiante y estudiante, líquido desinfectante al alcance, ventanas y puertas abiertas de par en par, silencio absoluto… Pero antes de entrar y después de salir, se observa fácilmente cómo los estudiantes, en los pasillos o a la puerta de los centros, tienden a la aglomeración, al toqueteo, a hablar o reír en voz alta, a bajar la mascarilla (algunos) para fumar o tomar café de máquina sin alejarse, etc. O sea: no es el acto del examen lo que implica riesgo, sino su propia actitud gregaria fuera del evento académico. Están perfectamente informados de todo, pero los comportamientos van por otro lado.

Llámenme ingenuo, pero estoy seguro de que no sería necesario cerrar bares ni restaurantes si la clientela siguiera las estrictas medidas de seguridad. En este sentido, tienen razón los hosteleros en sus protestas, porque en gran medida tienen que apencar con un problema que no nace de ellos, sino de las actitudes de algunos clientes.

Parece que mucha gente solo es capaz de ejercer un verdadero control sobre su contagio si es la autoridad la que se lo impone con medidas coercitivas. Interesante asunto que da pie a reflexiones sobre la libertad individual y el poder de la autoridad.

Se repite mucho una explicación que dice lo siguiente: los españoles, como somos de cultura mediterránea, somos muy dados a los abrazos, achuchones y demás efusiones. No podemos vivir sin eso. Curioso argumento étnico-genético o incluso racista. Por mi parte, diré que muchos españoles no somos mediterráneos, sino atlánticos. Y, por otro lado, el mismo problema se acaba dando en países de muy distinta cultura, como Alemania, Suecia o el Reino Unido. No creo que sea un problema específicamente celtibérico.

Quizá convendría concluir que la mayoría de la población de nuestros países es incapaz de desarrollar una vida más o menos normal protegiéndose eficazmente del contagio. Reconozcamos la realidad y démoslo por imposible: la gente, por sí misma, es incapaz de adoptar comportamientos sociales que frenen el virus. Como decía el otro día un comentarista en Radio Nacional, «preferimos morirnos a aburrirnos». Parece que la única solución sería un confinamiento domiciliario estricto, con la ruina definitiva de la economía. Y por ahí no parece que vayan las cosas.

Me da la sensación de que la gente ya asumió que llevar una vida más o menos normal trae como consecuencia X contagios, X hospitalizaciones y X muertos, con el horizonte de una vacunación general y una pérdida de la virulencia del virus. Es incómodo reconocerlo, pero creo que es lo que está pasando. Otra explicación no encuentro.

No obstante, me gustaría que los lectores me discutiera con argumentos los que acabo de expresar aquí. Quizá haya otras explicaciones que ahora mismo no veo.

Publicado por Ramón d'Andrés

Ciudadano de Oviedo (Asturias). Profesor de Humanidades. Ciudadanu d'Uviéu (Asturies). Profesor d'Humanidaes.

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