El mito purista de «oír» y «escuchar», pasando por los «escuchantes»

Los puristas del lenguaje tienen una irresistible tendencia a formular normas rígidas allí donde el uso natural de la lengua ofrece variedad y pluralidad de opciones. Uno de tantos casos es el de los verbos oír y escuchar: es cierto que pueden funcionar con una clara distinción entre ‘percibir sonidos’ y ‘prestar atención a lo que se oye’, pero en multitud de contextos son perfectamente intercambiables sin que ello implique incorrección de ningún tipo.

Las normas de las lenguas y de qué tipo son

Las lenguas funcionan según reglas, de eso no hay ninguna duda. Pero es necesario distinguir entre las reglas naturales de la lengua y las normas prescriptivas (o académicas).

Reglas naturales de la lengua. Estas forman parte, como si dijéramos, del «software» de la lengua, de su sistema o código, sin que haya intervención consciente de los hablantes, y menos de ninguna minoría académica. Por ejemplo, en castellano hay una regla natural que obliga a que el artículo preceda al sustantivo, de manera que no es posible decir *casa la, sino la casa. Todo hablante de castellano, por analfabeto que sea, tiene interiorizada esa regla y la practica cada vez que habla. Pero atención: las reglas naturales muy a menudo se manifiestan en variantes coexistentes; en eso consiste la variación dialectal. Por ejemplo, para unos dialectos del castellano existe el orden pronominal que se comprueba en Se me cayó el pañuelo, pero para otros dialectos el orden es Me se cayó el pañuelo. Cuando hablamos de reglas naturales de una lengua, no tienen sentido los conceptos de «correcto» / «incorrecto». Todos los hablantes naturales de un idioma dominan, por definición, las reglas naturales; si no, no serían capaces de hablar.

Normas prescriptivas (académicas). Por otro lado, existen las normas prescriptivas o académicas, que constituyen un código artificial elaborado consciente e intencionalmente por una minoría con vistas a ser aceptado por la comunidad de hablantes. De aquí sale la noción de «correcto» / «incorrecto», como una pura conveniencia de naturaleza sociocultural, no lingüística. Entre las normas académicas las hay que, simplemente, codifican reglas naturales preexistentes: así, la anteposición del artículo, que era una regla natural, es al mismo tiempo una norma académica. Pero hay otras que surgen de seleccionar arbitrariamente una de las variantes del idioma; por ejemplo, los normativistas del castellano acabaron dictaminando que Se me cayó el pañuelo es lo único que ha de considerarse correcto, y Me se cayó el pañuelo se estigmatizó como incorrecto, sin que exista ningún motivo estrictamente lingüístico que lo justifique. Por otro lado, las normas académicas incluyen tamién preceptos totalmente artificiales que no existen en la lengua natural; por ejemplo, piso vigésimo sexto es un engendro cultista, es latín clásico trasplantado artificialmente al castellano; los hablantes, de modo natural, dicen piso veintiséis. Otro ejemplo de norma inventada: Juan e Inés, siendo Juan y Inés lo que cualquier hablante dice sin atender a la norma académica aprendida en la escuela.

Qué es el purismo

Una vez que sabemos qué son las normas y reglas de la lengua, veamos qué es el purismo. Para empezar, hagamos una constatación fatal e inexorable: allí donde hay normas, acaba habiendo puristas. Y entonces, ¿qué es el purismo? Digamos primero lo que no es: el purismo no consiste en saber las normas, enseñarlas y practicarlas. No, el purismo es algo más: es una especie de fundamentalismo lingüístico que hace alguna de estas dos cosas:

  • Toma las normas académicas rígidamente y promueve su aplicación de manera intransigente. El purista conoce todos los recovecos de la siempre complicada normativa académica, y es siempre intolerante ante cualquier contravención, por mínima que sea. Todo lo que lee y oye pasa por su exigente tamiz normativo, y acaba viendo errores por todos lados. Por supuesto, conocer las normas académicas es algo necesario para el desenvolvimiento en sociedad: la ignorancia de elementales normas académicas (ortográficas, por ejemplo) puede ser motivo de no conseguir un determinado empleo. Pero el purista es maniático, paranoico, como esas personas que están constantemente limpiando los muebles y siempre ven motitas de polvo que los deslucen. Además, el purista tiende a convertir en norma rígida aquello que la lengua ofrece en forma de variación; es el caso de los verbos oír y escuchar, que examinaremos más abajo.
  • Pero el purista suele hacer otra cosa también: incluir en su celo normativo asuntos que no pertenecen realmente a la normativa académica, pues se sitúan en otro plano, que es el del estilo de uso, la manera libre de expresarse que tienen los hablantes. Ahí entra la expresividad, el énfasis, lo sucinto o prolijo, el orden o la repetición de elementos, la elección de sinónimos, etcétera, etcétera. Eso no forma parte de la normativa, sino de la libérrima capacidad que tiene cada cual de expresarse a su gusto. El estilo no forma parte de las normas académicas, y esto es algo que el purista jamás entenderá. El purista lo mete todo en el mismo saco y todo lo somete a su juicio censor: para él decir Me se cayó el pañuelo es igual de deleznable que decir Subir arriba, porque se saca de la manga una supuesta regla según la cual Subir arriba es una detestable redundancia, ya que subir incluye la idea de arriba y queda feo decirlo así. Pero la redundancia es una cuestión de estilo: forma parte de la libertad expresiva del hablante. Lo mismo se puede decir del uso o abuso de determinadas expresiones: poner en valor es algo que repiten mucho los políticos, y que incluso por abusivo puede percibirse como molesto, pero a efectos estrictamente lingüísticos es una expresión irreprochable y no tiene censura posible. No se puede confundir la molestia que produce el abuso de una expresión, con su corrección lingüística. El purista lo confunde todo.

Al final, el purista se convierte en un cenizo con mentalidad crepuscular: contempla la lengua como algo que se derrumba, se disgrega y se degenera en usos espurios que todo lo invaden. Se ve a sí mismo, y al resto de los puristas, como los custodios de las esencias, como una minoría en extinción, incapaz de poner coto a la ruina de la lengua. Es un ser que vive en permanente inquietud e intranquilidad. Así han sido siempre los puristas, desde la Antigüedad grecorromana hasta la actualidad.

Un mito sobre oír / escuchar

Los puristas suelen tomarla con algunos temas y con ellos gustan de aleccionar al resto de la comunidad hablante, aplicando supuestas reglas de lógica aplastante que, de no ser seguidas, condenan a uno a la categoría de descuidado o de ignorante. Hay muchos casos; ahora me apetece comentar el manido asunto de la diferencia entre oír y escuchar.

De acuerdo con la doctrina purista, no hay que confundir oír y escuchar, porque, a pesar de las apariencias, son palabras de contenido exquisitamente diferenciado. Según esto, oír es simplemente ‘percibir sonidos por el sentido del oído’, y por tanto sería una operación inconsciente, no racional, biológica, casi diríamos animal. Por el contrario, escuchar es ‘poner atención en lo que se oye’; por ejemplo las palabras que alguien dice, un discurso que alguien pronuncia o una composición musical; escuchar, por tanto, sería una operación plenamente intelectiva, racional.

En efecto, es innegable que oír y escuchar presentan esa diferencia en muchos usos, y como tarjeta de presentación de ambos verbos se puede dar por cierta: no es lo mismo Voy al médico porque oigo mal, que Escucho con gusto la sinfonía «Pastoral» de Beethoven. Pero atención: eso no quiere decir que oír y escuchar presenten siempre esa distinción. En absoluto: en muchísimos casos, ambos verbos solapan sus significados en usos perfectamente reconocibles como normales y que no violentan ninguna regla natural ni norma académica. Más adelante veremos algunos casos claros.

Los «escuchantes»

Antes permítanme que haga una paradita en un caso muy conocido. Como ustedes sabrán, la periodista y filóloga Pepa Fernández tenía un célebre programa en Radio Nacional de España las mañanas de los sábados y domingos, titulado No es un día cualquiera, desde 1999 hasta 2019; desde esta fecha dirige el programa matinal diario De pe a pa. Resulta que tanto en castellano natural como normativo, se dice corrientemente oír la radio, y las personas que oyen la radio se llaman oyentes (también radioyentes). Sin embargo, en sus programas Pepa Fernández usa exclusivamente escuchante, que no es un invento suyo, sino que tiene cierta tradición literaria y lexicográfica en castellano, aunque ciertamente hoy se siente como palabra desusada y fuera de circulación. Sin duda, en la elección de escuchante está el pensar que oyente rebaja un poco la dignidad intelectiva de los que siguen sus programas, que no se limitan a oír, sino que escuchan. No tengo nada que censurar: la lengua ofrece las dos palabras, y a los que siguen la radio se les puede llamar oyentes ―en el uso consagrado― o, si se quiere, escuchantes; cada cual lo dice como quiere, y santas pascuas. Lo que pasa es que, dado que hay un uso consagrado anterior, resulta lo siguiente: oyente es el que oye un programa de radio, sin más, y escuchante acaba adquiriendo el significado específico de ‘oyente del programa de Pepa Fernández’. No sé si la propia Pepa ―que tengo en alta consideración y de cuyos programas soy gustoso oyente― ha caído en ello.

Cuando oír es escuchar, y al revés

Y es que, como decía, la realidad de la lengua ofrece un panorama en el que oír y escuchar se solapan muy a menudo. Esto es algo que los puristas no pueden soportar: que una vez establecida una norma de plantilla tan lógica, anden campando a sus anchas usos que se salen de ella. Pero eso les sucede porque piensan que la lengua real, la que usa la gente, es una especie de reino del caos porque no se somete a la lógica que han discurrido los académicos.

Para empezar, está claro que oír la radio es una expresión perfectamente natural en castellano, y que además tiene aval académico. Y es muy curioso, porque contradice el principio según el cual debería ser siempre escuchar la radio, que también se dice, naturalmente.

Pero veamos lo que dice el Diccionario de la Real Academia Española (DRAE) del verbo oír:

–Acepción 2: ‘atender los ruegos o súplicas de alguien o a alguien’. Ejemplo nuestro: Suplicó a Dios y Dios le oyó.

–Acepción 3: ‘hacerse cargo o darse por enterado de aquello de que le hablan’. Ejemplo nuestro: Has de oír lo que te dice tu padre.

–Acepción 4: ‘asistir a la explicación que el maestro hace de una facultad para aprenderla’. Ejemplos del propio DRAE: Oyó teología; Oyó al catedrático.

–Acepción 5: ‘dicho de la autoridad, tomar en consideración las alegaciones de las partes antes de resolver la cuestión debatida’. Ejemplo nuestro: Oído el acusado, intervino el juez; El tribunal oyó a las partes.

¡Resulta que, de cinco acepciones, solo la primera corresponde a ‘percibir con el oído los sonidos’, y el resto se refiere a la idea prefijada que se tiene de escuchar!

Si se consulta la voz oyente, se verá que una acepción se refiere a la ‘persona asistente a un aula, no matriculada como alumno’: pero, ¿no debería ser escuchante? Como se ve, eso de que oír es solo ‘percibir sonidos por el oído’ es un mito. De hecho, las acepciones mencionadas arriba están relacionadas con audiencia (y no «auscultancia»), que alude al conjunto de oyentes o a un tipo de tribunal. ¿Y cómo se llama un local construido expresamente para escuchar música? Se llama auditorio (literalmente ‘oidero’, del latín audire ‘oír’), ¡y no *auscultatorio, *escuchadero o algo semejante!

El auditorio de Oviedo se llama así (del latín audire ‘oír’) porque está dedicado a oír o escuchar música.

Además, fíjense ustedes en los usos interjectivos ¡oye!, ¡oiga!, que decimos a alguien para que nos escuche, que también permiten sus equivalentes ¡escucha!, ¡escuchad! Comparen ustedes con expresiones de otros idiomas, como el cat. escolta!, escolti!, escolteu!; el francés écoute!, écoutez!

Topónimos «auditivos»

A pesar de que las acepciones que recoge el DRAE confirmarían que escuchar se refiere siempre a ‘poner atención en lo que se oye’, lo cierto es que en muchos usos naturales del castellano escuchar y oír son intercambiables: Cada vez oigo menos = Cada vez escucho menos; Con tanto ruido no se oye nada = Con tanto ruido no se escucha nada.

Finalmente, en las lenguas ibéricas hay una serie de topónimos formados con el verbo escuchar: Escucha (Teruel), La Escucha (Lorca, Murcia); en Galicia Escoitadoira (San Sadurniño, A Coruña), A Escoitadoira (Monfero, A Coruña); en Asturias Escucha (Turón, Mieres), La Escucha (San Pedro Navarro, Avilés), A Escuita (Samartín d’Ozcos). A menos que en algún caso sea resultado de la confusión con otras palabras, estos topónimos parecen referirse a lugares muy aptos para actividades como la caza o la vigilancia, porque en ellos se escucha o se oye bien.

Conclusión

Es real y pedagógicamente útil la distinción oír ‘percibir sonidos por el oído’ / escuchar ‘poner atención en lo que se oye’, pero en absoluto se cumple siempre. La lengua natural solapa los usos muy a menudo. Por consiguiente, si alguien dice No se escucha nada por el ruido o Estoy oyendo el discurso del rey, le invitaremos a que haga algo mejor, pero no le censuraremos por su manera de hablar.

Publicado por Ramón d'Andrés

Ciudadano de Oviedo (Asturias). Profesor de Humanidades. Ciudadanu d'Uviéu (Asturies). Profesor d'Humanidaes.

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