«Patria», de Fernando Aramburu: una novela sobre el fanatismo

Normalmente desconfío de los superventas que se promocionan publicitariamente por tierra, mar y aire. Suelo esperar un tiempo a que pase la ola, y cuando ya se enfrió, incluso puede que acabe no leyendo ese libro, depende.

En principio, me pasó eso con Patria, de Fernando Aramburu. Finalmente, la compré en un estupendo puesto de El Fontán y la leí, y no fue en vano. Es buena literatura que se lee muy a gusto. Es una narración desarrollada con mucha maestría, con ese punto de intriga que una novela tiene que tener para engatusar al lector hasta el final. Y seguramente admitiría varios finales alternativos (suele pasar), pero el definitivo está muy bien traído.

Como no quiero estropear la novela a nadie, solo comentaré cuatro cosas, para poner en situación a quien aún no la leyó, y de paso para animarlo a que la lea. Los hechos suceden en una villa del interior del Guipúzcoa, en el corazón del vasquismo más radical. Abarca desde los años 80, en los llamados «años de plomo» de máxima actividad de la Eta, hasta los años 2000, una vez que la Eta abandona las armas. Dos familias corrientes de la villa, que en un principio llevan una relación fraternal y estrecha, ven trastornada su vida por los efectos de la actividad terrorista y del amplio apoyo social a la misma. En una familia hay una víctima y en la otra un activista de la Eta. Todo esto emponzoña totalmente las relaciones entre ambas familias, así como su relación con el entorno social de la villa.

Este es el planteamiento de la novela, a partir del cual se suceden diversos hechos, comportamientos, reacciones, sentimientos cruzados, resignaciones, etc., que dibujan un panorama inquietante que atrapa al lector. Y no solo por la destreza narrativa de Aramburu, sino también porque todo lo que cuenta nos resulta extrañamente cercano y familiar: sabemos que todo eso que se relata sucedió realmente, que todo es perfectamente verosímil y que tiene el don de la autenticidad. Nada suena a exageración, a pesar de lo tremenda y opresiva que es la atmósfera en la que se desenvuelven los personajes.

La técnica narrativa de Aramburu es magistral y eficaz. Aunque la cronología de los hechos es lineal, la narración que se nos presenta no lo es: el autor ha querido quebrar la línea del tiempo en múltiples fragmentos, para ir colocándolos en un nuevo orden alterado, conformando una especie de mosaico con continuas vueltas atrás, saltos adelante, cambios en el protagonismo de personajes y ambientes en cada capítulo, etc. El resultado es una especie de cubo de Rubik donde nada es azaroso, y todo casa con minuciosidad milimétrica. El lector nunda se pierde, va componiendo por sí mismo el universo de las dos familias y las peculiaridades de sus personajes. Contribuye a la agilidad de la lectura la brevedad de los capítulos.

Los personajes están muy bien caracterizados, sin grandes alardes descriptivos, pero con una gran efectividad. Están muy bien construidos los personajes principales y los secundarios. Hay un singular protagonismo del tipo humano de la madre vasca de recio y adusto carácter. (Permítanme esta pequeña digresión: dado que una rama de mi familia es Madariaga, procedente de Markina ―mi madre se apellidaba Díaz Madariaga―, la personalidad de Bittori y de Miren, las dos mujeres principales de la novela, me resulta muy familiar). Vemos también maridos bonachones, honrados, sosos e ingenuos. Vemos a militantes abertzales despiadados y duros como el granito, seguidores de consignas a piñón fijo. Y en el conjunto de personajes de segundo orden (hermanos, cónyuges, etc.) vemos una gran variedad de tipos humanos, unos más retraídos y otros más vitalistas.

Aunque Patria trata del terrorismo vasco, no creo que Aramburu pretendiera aportar un análisis político del mismo, ni siquiera de la política vasca. No aparecen siglas de partidos, ni luchas entre radicales y moderados, entre españolistas y vasquistas. El autor habla de personas, no de política: miembros de dos familias en una villa guipuzcoana, que caen en comportamientos aberrantes debido al fanatismo; se abre una hendidura terrible que no se cierra en ningún momento, aunque hay factores que la van suavizando. (Aunque los personajes trasladan su acción a varios lugares reales, como Donostia, Rentería o Bilbao, jamás se menciona el nombre de la villa donde sucede la acción principal. Por ciertos indicios ―cercanía a Rentería y a Donostia―, yo creo que se trata de Arrigorriaga o de Hernani).

Los diversos miembros laterales de ambas familias aportan variedad y diversidad de ambientes y tipos, pero siempre en referencia al factor principal, que es el terrorismo y sus odios, degradaciones de la persona, silencios cómplices, cobardías, omertà, etc. Se presenta el terrorismo como un espeluznante drama humano, tanto en sus propias características (violencia, muerte, envilecimiento, desprecio del otro y de su vida) como en las consecuencias nefastas que trae. Patria me parece una novela sobre el fanatismo: cómo este ciega a los que caen víctimas de él, y cómo la adhesión social al fanatismo genera una atmósfera dictatorial. Al final, ¿qué diferencia hay entre el silencio opresivo de esa villa guipuzcoana y la villa siciliana de Corleone? Muy pocas: los métodos son prácticamente idénticos.

Aramburu desarrolla dos temas concéntricos: por un lado, un retrato concreto del País Vasco profundo en el apogeo del terrorista etarra, con gran realismo y verosimilitud; por otro lado, cómo el fanatismo envenena la relación entre las personas, pero cómo las personas van superando, a duras penas, ese veneno.

Patria no es una novela ideológica. No se entra a analizar ni el vasquismo ni el españolismo, ni el nacionalismo violento frente al pacífico, ni las izquierdas ni las derechas. Aramburu parece desempeñar el papel de intermediario con sus personajes, cómo reaccionan y cómo piensan: señor lector, aquí tiene usted esto, saque sus propias conclusiones. Supongo que cualquier vasco que lea esta novela y que no se engañe a sí mismo, tendrá que conmoverse de alguna manera, porque ―como ahora se dice― esta novela le interpela directamente.

Sobre lo ocurrido en los últimos cincuenta años en el País Vasco puede haber visiones diferentes. Aramburu hace su aportación literaria. Puede haber otras que incidan en otros aspectos; por nuestra parte, serán también bienvenidas.

La voluntad de reflejar fielmente la realidad sin cebar cuerdas ideológicas, es evidente desde el momento en que también nos muestra la brutalidad de la policía y la guardia civil. En efecto, por diversos indicios a lo largo de la narración, el lector se va haciendo a la idea de que las fuerzas estatales del orden no tienen un comportamiento muy acorde con el de un Estado democrático. Estos indicios se hacen realidad al llegar a un determinado capítulo, dedicado íntegramente a mostrar cómo la policía y la guardia civil torturan físicamente a los detenidos, y los insultan y los degradan de manera muy cruda. Realmente, salen muy mal retratados en la novela: también eso forma parte de la realidad. En el contexto del relato, no operan como factor superador del odio, sin duda.

Aramburu utiliza un lenguaje muy directo, sin florituras de ningún tipo; es un estilo muy sobrio, que va al grano. No se recrea en descripciones de ambientes, ni en caracterizaciones de personajes (los vamos conociendo por su comportamiento), ni en antecedentes históricos de nada ni de nadie. Es pura narración.

La verdad es que el lenguaje de Aramburu no es muy lucido. Se deja leer con gusto, porque es preciso y riguroso, pero no ofrece regalos estéticos. Quizá ahí esté su virtud: lenguaje seco como los hechos que narra. Algunos tics personales del autor me desagradan. Por ejemplo, el abuso de la barra para presentar sinónimos: Ya cerca, la desconcertó la naturalidad / sonrisa / pelito rubio de ella; Y le pidió / rogó un favor; etcétera, etcétera. O el abuso de participios de presente (o de adjetivos agentes en -dor -dora) en lugar del gerundio u otros recursos: Arantxa se sulfuraba, apretante de dientes, húmeda de ojos; sola y fregante en la cocina, llamó a Endika; En Praga, como en Madrid, callejearon fotografiantes; Miren, apretante de labios, airada de ojos, buscó confirmación; Se afanó, no aceptante de limitaciones, con más rabia que destreza; etcétera, etcétera.

Concluyo aconsejando la lectura de esta estupenda novela. No se fíen de los que oigan por ahí en tal o cual tertulia, en este u otro comentario en las redes: si de verdad quieren saber de qué va, léanla y saquen sus propias conclusiones.

Publicado por Ramón d'Andrés

Ciudadano de Oviedo (Asturias). Profesor de Humanidades. Ciudadanu d'Uviéu (Asturies). Profesor d'Humanidaes.

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