La lengua asturiana ante dos maneras de entender España

[Artículo publicado en el diario El Comercio de Gijón el 18 de diciembre de 2020]

Como todo el mundo sabe, en Asturias el nacionalismo no forma parte de la vida política. La existencia de proyectos nacionales alternativos al español, o con pretensión de equipararse a él, solo se da con persistencia histórica en Cataluña y el País Vasco. En cuanto a Asturias, la única evidencia es que la práctica totalidad de sus ciudadanos se siente parte de la nación española, en línea con una larga tradición fuertemente implantada. Una simple comparación: en las últimas elecciones autonómicas, la adhesión catalana a un proyecto nacional propio (dentro del Estado o fuera de él) alcanza el 68,8%, mientras que en Asturias solo el 0,3% simpatiza con posiciones parecidas; son cifras que se mantienen casi invariables desde los años 80.

La sociedad asturiana no reconoce para sí otra nación que la española. Es razonable pensar que Asturias constituyó una realidad nacional (del tipo que fuera) en épocas pretéritas, pero hace mucho tiempo que no lo es. El asturianismo de la Edad Contemporánea es básicamente españolismo, empezando por Jovellanos. En este contexto, el asentamiento de un discurso público que busca dignificar la lengua asturiana, tiene un alcance absolutamente desligado de planteamientos nacionalistas. Ese 53% de apoyo social a la cooficialidad lingüística (según las encuestas dirigidas por el profesor Llera Ramo) no proceden del nacionalismo, obviamente.

Hasta aquí la Asturias real. Pasemos ahora a los universos paralelos. En uno de ellos rebullen las ensoñaciones de ciertos ideólogos, que detrás de cada obra literaria en asturiano, detrás de cada aula de asturiano, detrás de cada persona que reclama derechos como usuario del asturiano, lo único que ven son agitadores que ponen a España en peligro. Una cosa es segura: la lengua asturiana y su dignificación les causan una antipatía sin límites; lo demás es puro aliño. Estamos ante la «falacia del hombre de paja»: se intenta refutar un argumento reemplazándolo por otro que es falso, pero que resulta fácil de atacar y tiene más rentabilidad demagógica. O eso creen.

Lo mejor sería que la cuestión lingüística se tratara al modo liberal, como un asunto de derechos individuales. Nuestro marco de civilización es muy claro al respecto: el concepto de «derechos lingüísticos» se asume desde la Declaración Universal de 1947, y está presente en convenios internacionales de diverso tipo (la Carta Europea de Lenguas Regionales de 1992), por no citar la propia Constitución Española de 1978.

Ahora bien, en España es costumbre arraigada convertir la cuestión lingüística en materia ideológica, política y nacional. De acuerdo, entremos en el juego. Y entonces, ¿qué vemos?: que la lengua asturiana es un componente más de la nación española, y su gestión política forma parte de las cosas que hacen España. ¿Qué otra cosa podría ser? Pero los adoradores del hombre de paja están en otra batalla; lo que les da vidilla es una Asturias delirante, llena de filoetarras y bolcheviques. Que no nos vacilen. Su problema no es España, sino una manera muy particular de entenderla, y más aún: su obcecación por implantarla como exclusiva. Pero España no es un concepto político que admita una sola visión, sino varias igual de legítimas. Dejando a un lado muchos matices, y centrándonos en la cuestión lingüística, encontramos dos grandes posturas. Por una parte está el españolismo uniformista y castellanocéntrico, que busca el predominio absoluto o exclusivo del castellano como única lengua española; tiende a ver las demás lenguas como un incordio que conviene limitar a lo folclórico; le preocupa muy poco su retroceso o pérdida, y, en realidad, aspira a completar la castellanización total de España. Con un programa de este tipo no hay ningún futuro para los derechos de los hablantes de esas lenguas ni para la supervivencia de estas. Lo siento, para esa España no cuenten conmigo.

Por otra parte está el españolismo pluralista, que toma como uno de los atributos constitutivos de España su plurilingüismo, del que deriva la dignidad e igualdad de sus lenguas y hablantes, aspirando a su equiparación. Esta visión de España concuerda plenamente con el marco de civilización en que vivimos, y tiene modelos en países occidentales muy avanzados: Suiza, Bélgica, Finlandia, Canadá, Nueva Zelanda, etc. Esta visión tolerante va muy en la línea de la actual Constitución, y es la única que puede garantizar a los ciudadanos libertad para decidir sobre sus derechos lingüísticos y sobre la supervivencia de la pluralidad lingüística. A esa España sí me apunto.

Lo sé: el asunto lingüístico tiene muchos recovecos; uno de ellos es el que acabo de comentar. La manera como algunos suscitan en Asturias la «cuestión del bable» revela la existencia de dos formas de entender España y su pluralidad lingüística. Puesto que el asturiano forma parte de la españolidad (¿o no?), es absurdo que su defensa y dignificación pueda considerarse un ataque a la democracia española. Yo diría que es al contrario: es una contribución a su riqueza y fortalecimiento.

Los ciudadanos dirán.

Publicado por Ramón d'Andrés

Ciudadano de Oviedo (Asturias). Profesor de Humanidades. Ciudadanu d'Uviéu (Asturies). Profesor d'Humanidaes.

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