La institución relevante es la jefatura del Estado, no la monarquía

Asistimos en los últimos tiempos a un espectáculo tirando a vergonzosillo: tertulianos, comentaristas, analistas, politicastros orgánicos y demás volatería, lamentándose compungidos por los malos ratos que está pasando la monarquía española. Con rostros quejumbrosos, sufren por el descrédito que la Corona se está ganando a pulso y, lo peor de todo, por el provecho que los pérfidos antiespañoles intentan sacar de la situación.

Este coro de plañideros, adoptando a veces maneras de vulgares lameculos, repiten siempre una idea: que no hay que confundir la persona con la institución; que lo que importa es preservar esa institución que tantos servicios dio a España y a su estabilidad y unidad; que sin monarquía nos vamos al garete; y que los que desean «cargarse la monarquía» ―lo dicen así, para que parezca cosa de brutos―, no tienen el mínimo interés por el futuro de España. (Pero es falso: en el caso de la monarquía, la institución es la persona con nombres y apellidos; que no nos tomen por imbéciles).

En fin, yo creo que toda este gimoteo patriótico pone un dramatismo excesivo en la cuestión. Porque vamos a ver: la institución relevante no es la monarquía, sino la jefatura del Estado. Y señores llorones, sépanlo: el problema es que la actual monarquía está dañando, de modo creciente, la institución de la jefatura del Estado.

Así que déjense de tanto llanto. Si el daño alcanza a ser irreversible ―cosa que se ve venir―, la solución no es complicada: se cambia la forma de la jefatura del Estado, de manera que en lugar de ser ocupada nominalmente por un rey hereditario y vitalicio, sea ocupada por un presidente elegido cada cuatro años. Y ya está. No creo que hicieran falta grandes cambios en la Constitución, pues esta se mantendría prácticamente igual en el resto de los asuntos; por otro lado, la democracia parlamentaria seguiría su curso normal, y se pondría a salvo la institución de la jefatura del Estado.

Este cambio reportaría muchas ventajas. Hagamos una previsión realista: las presuntas golferías del emérito ya salpican a miembros de la Casa Real, y es previsible que acaben en una soberana mojadura que ponga al rey como una sopa. ¿Alguien es capaz de asegurar que el actual rey no acabe en una situación parecida? Yo ya no tengo motivos para fiarme, lo siento. Si Felipe VI resultara tan decepcionante e inasumible como su padre, ¿qué solución nos propondrían desde los poderes monárquicos del Estado? ¿Abdicar en su hija? ¿Buscar un regente? Sería un escenario de Monty Python. Lo mejor es que la jefatura del Estado esté ocupada por un presidente elegido: si un presidente hace golferías, se le cambia por otro sin ningún trauma. Y no es solo que sea más democrático: es más útil y práctico. El cargo de rey es nominal, vinculado por vida a unos apellidos y un parentesco; el cargo de presidente está vinculado a un programa político y unas urnas cada cuatro años.

Para decir toda la verdad, todos ponen mucho dramatismo en este tema de la jefatura del Estado. Los republicanos de izquierda hiperventilan lo suyo, porque piensan que si la jefatura del Estado la ocupa un presidente, va a haber un cambio de régimen y se posarán sobre las cabezas de los españoles lenguas de fuego con el letrerito de «libertad, igualdad, fraternidad», y quizá hasta advenga el socialismo. Por su parte, los monárquicos de toda la vida piensan que sin un rey en la jefatura del Estado, se abatirán mil desgracias sobre la afligida patria. Pero en realidad, nada cambiaría sustancialmente: seguiría vigente la Constitución (u otra parecida), la democracia parlamentaria y la institución de la jefatura del Estado. Que es lo que importa.

Y ahora, un vaticinio: el deterioro de la actual monarquía es imparable. Se llegará a un punto en que la masa social de ciudadanos que ahora toleran la monarquía (que no es lo mismo que la élite de monárquicos orgánicos), quedarán decepcionados con el curso de los acontecimientos. Entonces (y no antes), cuando los monárquicos sociológicos caigan de la burra, no habrá marcha atrás, y el cambio en la jefatura del Estado sucederá del modo más natural.

A propósito de este asunto, aconsejo leer la biografía de Niceto Alcalá-Zamora, que de ministro de Alfonso XIII pasó a ser presidente de la República Española entre los años 1931 y 1936.

Publicado por Ramón d'Andrés

Ciudadano de Oviedo (Asturias). Profesor de Humanidades. Ciudadanu d'Uviéu (Asturies). Profesor d'Humanidaes.

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