España vuelve a ser, de nuevo, la pelea entre dos Españas

[Aclaración introductoria. Llamo nacionalismo español ―o españolismo― a la defensa o asunción de España como proyecto político nacional. Huelga decir que el españolismo es tan legítimo y respetable como cualquier otro nacionalismo, siempre que se base en principios democráticos. Los principales partidos del nacionalismo español son actualmente: a la izquierda, el PSOE, Podemos e Izquierda Unida; a la derecha, el PP, Ciudadanos y Vox].

Dos tipos de españolismo

Hay al menos dos versiones del españolismo, asociadas a dos concepciones de nación española. Esquemáticamente se pueden describir como sigue (siempre teniendo en cuenta que existen muchos matices intermedios):

(a) Españolismo esencialista. Concibe la nación española como una entidad que recorre la Historia en un plano trascendente, y por tanto como algo inamovible que se sitúa fuera de la voluntad de los ciudadanos, es decir, fuera de la política. Es partidario de un unitarismo centralista de corte autoritario; su pensamiento sociopolítico es reaccionario; defiende el catolicismo como religión nacional (nacionalcatolicismo); aboga por la supremacía o la exclusividad de la lengua castellana; y es preferentemente monárquico. En este españolismo ―que no es liberal, aunque a veces se presente como tal― se valora más la idea de nación que la de libertad, que se revela secundaria.

(b) Españolismo cívico-político. Concibe España como un proyecto político fruto de un pacto que emana de la voluntad de los ciudadanos, y por tanto es cambiante y contingente. Es partidario del federalismo y la descentralización; su pensamiento sociopolítico es radicalmente democrático, ilustrado y progresista; defiende un Estado laico o aconfesional; aboga por la pluralidad lingüística de España; y es preferentemente republicano. En este españolismo ―cuyas raíces son liberales― se valora más la idea de libertad que la de nación: solo hay nación si hay libertad.

Estas dos concepciones de España llevan más de dos siglos en constante lucha entre sí, con el trasfondo de un Estado cuya vertebración es incompleta e inacabada. Pues, en efecto, en el proceso histórico por el que se fue conformando el Estado español, algunas piezas nunca han encajado del todo, y el mecanismo entero chirría y se atasca. (Más abajo preciso esta cuestión).

En este escenario de contradicciones, hay dos maneras de actuar políticamente, de acuerdo con las dos concepciones de España descritas arriba. Por un lado, el esencialismo está empeñado, contra toda evidencia, en presentar el proceso de construcción nacional como algo ya completado, a falta de someter algunos tozudos reductos de «malos españoles» utilizando el método que mejor que se le da: a martillazos de autoritarismo, hasta que se avengan a ser españoles como Dios manda. Por su parte, la España cívico-política pretende completar el proceso de construcción nacional reconociendo las disfunciones, reforzando el pluralismo cívico, la voz de las partes y buscando ganarse la voluntad de los ciudadanos.

Sucede, sin embargo que, en esta pugna, la España esencialista siempre ha sido más poderosa: el grueso del estamento militar, del poder judicial, de la jerarquía eclesiástica, de los grandes clanes y estamentos empresariales, buena parte del poder mediático, etc., son parte fundamental del nacionalismo esencialista y lo sostienen por todos los medios. En los últimos siglos, esta España esencialista ha dominado el panorama mediante monarquías absolutas, dictaduras, represión, militarismo y nacionalcatolicismo reaccionario, todo ello engendrado desde una autorreferencial «burbuja madrileña» que se cuece en su propia salsa.

Se acabó la tregua de la Transición

La Transición fue un excepcional pacto entre las dos Españas, del que resultó un modelo de Estado con ingredientes mixtos, plasmado en la Constitución de 1978. La Transición y la Constitución fueron un éxito, qué duda cabe. Este éxito, no nos engañemos, debe mucho a un factor fundamental: la ola democrática del mundo occidental y, sobre todo, la pertenencia a la Unión Europea, que ha funcionado como un inhibidor de pulsiones autoritarias, como una especie de juez supremo mediador que ha evitado la ruptura del pacto y ha favorecido la modernización de España. Sin la Unión Europea, España por sí sola no habría sido capaz de salir del fango, alcanzando la condición de una democracia avanzada del primer mundo.

Pero cuarenta años es un período largo de tiempo, que obliga a actualizar el modelo. Y en esta coyuntura, reverdece de nuevo la vieja pugna entre las dos Españas, que es, ni más ni menos, lo que estamos viendo en los últimos años. Mientras la España cívico-política aspira a una reforma constitucional que profundice en los aspectos democráticos, federalistas, laicos, etc., la España esencialista abomina de todo avance en esos terrenos, y se enroca en una negación absoluta de reforma y cambio. Ha convertido la Constitución en herramienta del inmovilismo, y la sacraliza incidiendo solo en sus aspectos más esencialistas, aquellos que no hubo más remedio que admitir en el pacto de la Transición. Incluso una buena parte del esencialismo no oculta sus deseos de una involución, porque hay cosas en la Constitución que le dan grima por su sesgo progresista. Se llega al argumento mendaz de calificar de antidemócratas a quienes desean reformar la Constitución, como si la democracia estuviera totalmente concluida en ese texto legal.

Tras años de tregua, ahora asistimos a la tradicional lucha desbocada entre las dos Españas. Pero tenemos suerte de no vivir en la primera mitad del siglo XX, con sus Alfonso XIII, sus Primo de Rivera o sus Franco Bahamonde. Ahora estamos en pleno siglo XXI, y la vida sociopolítica se ha humanizado enormemente, de tal modo que en un país europeo no luce nada lindo montar un pronunciamiento, cuartelazo, alzamiento, sanjurjada o tejerazo, por mucho que algunos bocazas exhiban sus bravuconadas en un chat. Ahora la España esencialista e irredenta emplea otros métodos, que pasan por activar su poder de influencia en ámbitos como el judicial, el militar, el mediático, el político o monárquico, donde nunca han dejado de tener muchísima simpatía y audiencia, para así intentar violentar el orden establecido y expulsar ―si se puede― al gobierno legítimamente salido de las urnas, o al menos hacer operaciones de sabotaje en las alturas. Hay mucha experiencia en esto: fondos reservados para montar «policías patrióticas», periodistas sin escrúpulos dispuestos a publicar cualquier noticia amañada, jueces de la misma onda ideológica, manifiestos patrióticos, etc. Ya saben ustedes: si España (= su idea de España) está en peligro, las urnas son un estorbo.

Un Estado de vertebración incompleta

Antes afirmé que España es un Estado de vertebración incompleta e inacabada, y que esto es lo que explica, al menos en parte, la pugna entre las dos Españas. Seguidamente argumentaré esto.

El proceso medieval de unificación de ciertos reinos bajo la supremacía del reino de Castilla dio lugar a la entidad estatal conocida como Corona de Castilla, que incluyó no solo Castilla, sino también Galicia, Asturias, León, País Vasco, etc. Este proceso de unificación se completó de modo bastante satisfactorio, hasta el surgimiento de una grieta importante con el despertar de la identidad nacional vasca en la segunda mitad del siglo XIX.

La otra gran unificación peninsular es la que protogoniza la Corona de Castilla en relación con los reinos de Portugal y de la Corona de Aragón. Entre 1580 y 1640, el reino de Portugal pasa a pertenecer a la «monarquía compuesta» comandada por Castilla, pero sin perder sus instituciones de gobierno ni leyes; finalmente, recuperó su independencia. Antes, con los Reyes Católicos, se había creado una «monarquía compuesta» entre Castilla y Aragón, bajo el mando de la primera, aunque Aragón siguió existiendo como estado, rigiéndose por sus instituciones y leyes. Más o menos por la misma época en que Portugal recuperó su independencia, una parte de Aragón, llamada Cataluña, intentó independizarse de Castilla, sin éxito.

Posteriormente, a principios del siglo XVIII, la entrada del primer Borbón, Felipe V, significará la definitiva destrucción de las instituciones y leyes de Aragón, con la desaparición de esta entidad estatal. Pero la identidad nacional de Cataluña será, hasta hoy mismo, una pieza que se ha resistido a encajar en el proyecto nacional español que se le ofrecía o imponía.

Por tanto, la construcción del Estado nacional español, de base histórica castellana, ha tropezado en los últimos siglos con dos piezas que se han resistido: Cataluña desde el siglo XVII y el País Vasco desde finales del siglo XIX. Las identidades nacionales catalana y vasca no son antiguallas del pasado, sino proyectos políticos modernos que cuentan con la adhesión mayoritaria de sus ciudadanías y que, al entrar en contradicción con el proyecto nacional español, forman parte de la gestión política de la España actual.

Desde el siglo XIX, el proyecto unitarista español tomó como modelo el de Francia. Pero hay una diferencia sustancial: mientras que el proyecto unitarista francés estuvo asociado a ilustración, progreso y «liberté, égalité, fraternité», el proyecto unitarista español estuvo asociado a absolutismo, inquisición, oscurantismo religioso, caciquismo, dictaduras, militarismo y atraso económico y cultural. Es decir, el perfecto caldo de cultivo para que las identidades nacionales catalana y vasca crecieran socialmente y se fortalecieran hasta hoy mismo.

Así pues, el proyecto unitarista español no está completado, puesto que Cataluña y el País Vasco revelan una evidente adhesión a proyectos nacionales alternativos al español. Esto es una realidad política con la que los gobernantes españoles tienen que vérselas, quieran o no quieran. Y en este asunto, la existencia de dos Españas se revela decisiva. La España esencialista ya ha activado su metodología: si no quieres ser español como nosotros lo entendemos, leña al mono hasta que el mono encaje en nuestro proyecto (nota: el concepto actual de «leña» sigue conservando su carácter antipolítico, pero ya no equivale a represión militar y penas de muerte, sino a suspensión del autogobierno, detenciones, actuaciones policiales fuera de toda lógica y a juicios donde políticos electos resultan encarcelados como delincuentes).

La España cívico-política, ahora en el gobierno, abordará todos estos temas de diferente manera, supongo. De momento, los esencialistas comienzan a estar furiosos y tratan al gobierno legítimo de España como unos vulgares okupas. Pondrán en funcionamiento maniobras de todo tipo, clandestinas o a la luz del día, con el fin de desalojar a la anti-España del poder. Pero no podrán hacer nada más. No se quieren enterar: estamos en el siglo XXI y pertenecemos a la Unión Europea. ¡Y que sea por muchos años!

Publicado por Ramón d'Andrés

Ciudadano de Oviedo (Asturias). Profesor de Humanidades. Ciudadanu d'Uviéu (Asturies). Profesor d'Humanidaes.

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